VIVIR RODANDO

Fecha y Hora: Martes 16. 21’30 h.  Lugar: Aula Magna de la Facultad de Ciencias.  
Ciclo  “YO ESTUVE EN EL ESTRENO” (CLÁSICOS FUTUROS IV). Centro de Cultura Contemporánea Cine Club. Universidad de Granada.  


Año de estreno: 1995. País: EE.UU.            
Duración: 91 min. Géneros: Comedia. Cine dentro del cine.

Cartel de la película.


Título Orig.- Living in Oblivion.  Director y Guión.- TomDiCillo. Fotografía.- Frank Prinzi (Technicolor & B/N).  Montaje.- Camilla Toniolo & Dana Congdon.  Música.- Jim Farmer. Productor.- Michael Griffiths y Marcus Viscidi.  Producción.- JDI Prod.- Lemon Sky Prod..  Intérpretes.- Steve Buscemi (Nick Reve), Catherine Keener (Nicole Springer), Dermot Mulroney (Wolf), Danielle von Zerneck (Wanda), James LeGros (Chad Palomino), Rica Martens (Cora), Peter Dinklage (Tito), Kevin Corrigan (el ayudante de fotografía), Robert Wightman (el iluminador), Hilary Gilford (la script)  v.o.s.e.

Música de sala: Cautivos del mal (The bad and the beautiful, 1952) de Vincente Minnelli

Banda sonora original de David Raksin

 

Críticas del estreno: 
    “Hay películas que no parecen sino cortos malamente alargados. VIVIR RODANDO, por el contrario, nacida de un corto de 30 minutos, no solo resulta perfecta en su hora y media… sino que mejora conforme avanza, y enloquece minuto a minuto hasta convertirse en una comedia tan clásica como delirante. El género de cine dentro del cine tiene, sobre todo, dos variantes principales: la que se refiere a la película y su exhibición en una sala casi como una segunda realidad, y la que cuenta el proceso de creación de esa realidad paralela, desvelando desde dentro su artificio, esto es, el rodaje. VIVIR RODANDO es, posiblemente, la película más divertida que se ha atrevido a mostrar al espectador cómo es y cómo se hace esa cosa llamada cine. Además, cine independiente. Y es que DiCillo sabe mucho de eso. En realidad, su nueva película es algo así como el making de Johnny Suede, pero en lugar de erigirse en habitual canto poético a la gloria y los sufrimientos del artista y de los entresijos metafísicos de la creación cinematográfica, nos ofrece una comedia lúdica y divertidísima, cuyo humor asciende imparable como la espuma del champán frío, hasta desbordar al espectador a base de ironía, buenos gags y reflexiones agudísimas sobre el propio cine, arte e industria”.
Texto:
Jesús Palacios; “Vivir rodando” en “Críticas”, rev. Fotogramas, enero 1996.
 Tráiler de Vivir Rodando (1995)

Reseña –dieciséis años después- (2011):
   “El gran Hollywood y las partes más oscuras de sus mecanismos ya fueron repetidamente reflejadas en el cine. Pero el territorio alternativo del cine americano, supuesto paraíso donde el verdadero cineasta con vocación de artista puede expresarse con mayor libertad y comodidad, también tiene sus miserias. De mostrarlas, con una mezcla de ironía y cariño, y muy eficaces dosis de humor, se encargó Tom DiCillo, prototipo del indie americano de los 90 que solo había hecho una película antes, Johnny Suede (1991), cuando decidió contar las angustias a las que se enfrenta un director de películas de bajo presupuesto, que no tiene que pelear con los grandes estudios: le basta el microcosmos humano y técnico del set de rodaje para llegar a la desesperación. Quizás la experiencia con el primer director de fotografía de Johnny Suede, al que echó al comprobar que no valía para nada el material que había sido rodado, fue uno de los detonantes para emprender VIVIR RODANDO, que viene a ser la versión indie de La noche americana (La nuit américaine, François Truffaut, 1973) La estructura de la película ya tiene su gracia. Son tres actos, correspondientes al rodaje de tres escenas distintas de una misma película, la que trata de sacar adelante el director Nick Reve (Steve Buscemi). No parece casualidad que el apellido del personaje signifique sueño en francés: el esquema formal de la película se revela de forma sorpresiva a lo largo de su metraje, ya que las dos primeras partes acaban con el despertar de un sueño con tintes de pesadilla, que sufre el director en un caso, y la actriz (Catherine Keener) en el otro. Y el tercer segmento será, precisamente, la filmación de una escena onírica que con el añadido de una música reminiscente de Nino Rota, parece un guiño irónico a Fellini.
   Las tres partes son distintas pero funcionan de la misma manera, como el bucle desesperante, delirante, y muy divertido para el espectador, en que se convierten las tres escenas. Los incidentes técnicos (nada funciona cuando debe, siempre surge algún desastre que anula la toma), los cotilleos, celos, engaños o seducciones entre los componentes del equipo, las dudas que asaltan al director que tiene que tomar decisiones no previstas cuando se altera el plan de rodaje y se tambalea su obra artística, van destilando todos esos aspectos que hacen de un rodaje algo mucho menos estimulante y atractivo de lo que el espectador suele suponer cuando ve la obra acabada. Un Steve Buscemi en estado de gracia permanente refleja el entusiasmo máximo, única manera de salir a flote, que choca continuamente con la terca realidad. Su lema es seguir adelante, sea como sea, y pone todo su empeño, a veces enternecedor, en cumplir su sueño de ser un cineasta admirado; aunque demasiado a menudo la única tentación es dejarlo todo.
   Tom DiCillo saca mucho partido a las situaciones, que se desarrollan en su mayoría en el set de rodaje, y crea parodias de todo tipo sobre el mundo del cine, aunque nunca de forma hiriente o sarcástica. Desde el actor que interpreta James Le Gros, el guapo de Hollywood que quiere trabajar en un film artístico aunque sea por menos dinero, a las situaciones de culebrón que su escena provoca (remarcadas con música de teclados kitsch) o la catarsis psicológica con el recuerdo de su madre que permite a la actriz hacer, por fin, bien la escena. DiCillo también crea guiños cómplices, entre la ficción y la realidad, como cuando el actor trata de humillar al director: “Acepté esta película porque me dijeron que eras amigo de Tarantino”, le dice al Steve Buscemi que ya había trabajado en Reservoir Dogs (Quentin Tarantino, 1992) y Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994). O ese momento en que la madre de la ficción dentro del rodaje resulta ser la madre real del director, con una aparición en la línea del Woody Allen de su segmento “Edipo reprimido” de Historias de Nueva York (New York Stories, Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, Woody Allen, 1989). Esa mirada irónica sobre los mecanismos del cine ha acabado siendo fundamental para Tom DiCillo, que ha seguido hablando de las aspiraciones de los actores, la fama y el triunfo en Una rubia auténtica(The Real Blonde, 1997) y Delirious(2006), y ha tenido una trayectoria cinematográfica intermitente, prueba de las dificultades que tiene el cineasta independiente de sacar un proyecto adelante”.
Texto:
Ricardo Aldarondo, “Vivir rodando”, en “Dossier: El Cine dentro del Cine”,
rev. Dirigido, octubre 2001.

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