FUNNY GAMES

Fecha y Hora: Viernes 08.  21:00 h.  Lugar: Aula Magna de la Facultad de Ciencias.  
Ciclo Maestros del Cine Contemporáneo (IV): MICHAEL HANEKE Centro de Cultura Contemporánea – Cine Club Universitario. Universidad de Granada.  


Año de estreno:1997. País: Austria.
Duración: 108 min. Género: Thriller.  
Título Orig.- Funny games.

Cartel de Funny Games

Director y Guión.- Michael Haneke.   
Fotografía.- Jürgen Jürges (C).   
Montaje.- Andreas Prochaska.   
Productor.- Veit Heiduschka.   
Producción.- Wega Film.   
Intérpretes.- Susanne Lothar (Anne), Ulrich Muhe (Georg), Frank Gierig (Peter), Arno Frisch (Paul), Stefan Clapezynski (Schorschi), Doris Kunstmann (Gerda), Christoph Bantzer (Fred), Wolfgang Glück (Robert). 
Festival de Cannes: Candidata a la Palma de Oro. 
Música de sala: Perros de paja (Straw dogs, 1971) de Sam Peckinpah. Banda sonora original de Jerry Fielding.

“Soy un realista. Mi cine es realista. Mucha gente me pregunta por qué me fascina el lado oscuro de los seres humanos, y la verdad es que no es así. Ese aspecto de la humanidad no me interesa particularmente. Pero cuando trato de ser realista, al retratar a los seres humanos siempre me encuentro con esos elementos. La realidad tiene un lado oscuro. No me queda otro remedio que lidiar con esas cosas. Por eso casi todas mis películas tienen violencia y crueldad, pero no es algo que busco deliberadamente.”

                                                     Michael Haneke

Temática:

   El olvido más injusto y doliente del jurado del festival de Cannes afectó a esta fría, pero sumamente inteligente representación de inequívoca filiación brechtiana que propone, con lucidez y eficacia casi aterradoras, una demoledora reflexión sobre la posición del espectador cinematográfico ante el espectáculo de la violencia audiovisual. Haneke propone desde la pantalla una historia de ficción que es, al mismo tiempo, un juego interactivo con sus espectadores, un diálogo que trata de implicar a éstos en el propio desarrollo de la acción interrogándolos abiertamente (mediante preguntas directas o con el mecanismo de rebobinado propio del vídeo) sobre los cauces por los que debe discurrir el argumento o por las opciones dramáticas que éste encuentra a su paso en un momento dado. El escenario es una casa de campo en las orillas de un lago. Las víctimas son los componentes (un matrimonio y su hijo) de una familia burguesa. Los asesinos, dos jóvenes educados y refinados que escenifican un macabro juego de rol meramente especulativo y gratuito sobre los ritmos y las formas en que acabarán consumando los asesinatos. La atmósfera se carga desde la primera secuencia con una tensión ambiental casi irrespirable, la violencia de la situación se mastica en cada plano, pero las muertes nunca se muestran. Y es que FUNNY GAMES no trata sobre la violencia en el cine, sino que propone al espectador una reflexión sobre la pérdida de realidad que implica toda representación y sobre su implicación en ese proceso o, para decirlo con las palabras de Haneke, “cómo hacer ver a la audiencia su propia posición en relación con la violencia y con su representación”.
Texto: Carlos F. Heredero, “Cannes’ 97”, en rev. Dirigido, junio 1997.

 Valoración: 

   “En contra de lo que pudiera parecer, FUNNY GAMES no es ni un psychothriller al uso, aunque en lo esencial nunca se aparte de las convenciones del género, ni una película de tesis sobre la violencia en los medios de comunicación, aunque utilice procedimientos que la acerquen a esa categoría. En realidad es una caricatura, una sátira salvaje de ambos códigos. La típica historia de la familia amenazada por dos psicópatas se ve constantemente puntuada por diversas rupturas narrativas, pero a la vez éstas no funcionan como simples guiños al espectador, sino como una garantía de que aquello no está sucediendo en realidad: cuando uno de los asesinos lanza perturbadoras miradas a la cámara, al público, en un gesto tan ambiguo como inquietante, o cuando el mismo tipo se muestra descontento con el desenlace de cierta situación y rebobina literalmente la escena para modificarla, lo que se nos está diciendo, simplemente, es que las imágenes que aparecen en la pantalla no son más que una ficción. Si a ello se añade que los personajes nunca intentan evolucionar como seres de carne y hueso, y que prefieren ser arquetipos convenientemente sometidos a un severo distanciamiento, podría decirse, en fin, que FUNNY GAMES es una película pensada contra cualquier tipo de concepción idealista de la tradición cinematográfica: su modo de enfrentarse al psychothriller no es humanizando, densificando a los personajes, sino, al contrario, insertándolos en modelos de referencia que van desde el teatro de títeres a los juegos de rol, pasando por Bertold Brecht y Harold Pinter, entre otros, muchos otros. 

   Lo que ocurre, sin embargo, es que, a diferencia de estas formas épicas de representación, aquí el distanciamiento se convierte en manipulación. El rostro que nos mira tampoco debe verse como el del villano que reclama la decisión del público respecto al destino de Polichinela, sino como el de la ficción que nos impone su presencia. Y, del mismo modo, el rebobinado no se ofrece como elemento de reflexión, sino como demostración de la impotencia del espectador respecto a aquello que se le cuenta. Lo que pretende transmitirse aquí, precisamente, es que, en el cine de hoy, el receptor ha perdido cualquier tipo de control sobre la ficción, que la omnipotencia de ésta ha alcanzado proporciones asesinas, de manera que su único objetivo es hacernos desaparecer como espectadores racionales. O la ficción como demiurgo maligno. 

   No es de extrañar, en este sentido, que FUNNY GAMES acabe poniendo dolorosamente en evidencia la inevitable ambigüedad del lenguaje cinematográfico. Las elipsis escamotean informaciones básicas sobre la marcha del relato, falsean la verosimilitud, mientras que el off visual se convierte en un espacio inexistente, destinado a ocultar el dolor y la barbarie. ¿Hay que saberlo todo o no hay que saberlo? ¿Hay que verlo o no hay que verlo? ¿Hasta qué punto la repugnancia respecto al morbo innecesario debe esconder la realidad? Tras la muerte del niño, un plano larguísimo, insoportable, describe con emotiva sobriedad la desolación subsiguiente: aquí ya no se trata de ocultar nada, sino más bien de mostrarlo, de mirarlo todo. La mirada del psicópata, cargada de signos perversos, de intenciones devastadoras, ha dejado paso a una mirada virgen, la nuestra, que contempla los efectos de lo que aquélla ha provocado. La baza más astuta de FUNNY GAMES, en consecuencia, consiste en presentarse inicialmente como una alegoría humanista sobre la violencia, como un discurso contra el cine, para terminar siendo una reivindicación del cinematógrafo entendido como escrutador de las apariencias, como desvelador de lo que realmente importa, en el fondo la obsesión del director Michael Haneke, ya ensayada en El video de Benny, sobre todo, 71 fragmentos para una cronología del azar. Al final del film, los asesinos se disponen a proseguir con su labor, y entonces el rostro de la esfinge se vuelve de nuevo hacia nosotros y plantea por fin la pregunta clave: ¿vale la pena continuar? O lo que es lo mismo: ¿de verdad es imprescindible seguir explicando historias, seguir sometiéndonos a la dictadura de la ficción?”

Texto: Carlos Losilla, “Funny Games: el rostro que nos mira”, rev. Dirigido, mayo 1998.

Fuente: Dossier del Cine Club Universitario/Aula de Cine. Centro de Cultura ContemporáneaVicerrectorado de Extensión Universitaria y DeporteUniversidad de Granada.

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